El cielo de Bagdad (Etiqueta Negra #59)


O cómo contemplar el firmamento entre

misiles,

morteros y

kalashnikov

  

En agosto 2006 fui declarado persona non grata, y un año después me esperaba un trabajo en Irak. Como experto en reconstruir sistemas estadísticos, he pasado buena parte de mi vida profesional viajando a países en emergencia: Yugoslavia después de Milosevic, Nicaragua después de los sandinistas, Bolivia después de su hiperinflación. Así que llegar a esta nación en guerra parecía una tarea difícil, más no imposible. Estaba en un error. Cuando quise encontrar la ruta más cómoda para aterrizar en Bagdad, descubrí que el aeropuerto no era un destino válido en Internet: no existen vuelos regulares a un cielo plagado de misiles. El punto más cercano a esa ciudad era Amman, la capital de Jordania; una vez allí, debía abordar un avión de la Fuerza Aérea Americana, la única manera de volar en un cielo belicoso.

Llegué a Amman a las once de la noche del primer sábado de agosto. A la mañana siguiente, estaba listo en la recepción del hotel, junto con cuatro desconocidos, aguardando a que nos trasladaran al aeropuerto. Por razones de seguridad, nuestro vuelo no tenía hora fija de despegue. Siete horas después, la nave partió por fin llevando a bordo el correo para los soldados y a un grupo de pasajeros civiles, entre los que me contaba. Por curiosidad, había leído un artículo que resaltaba la «flexibilidad» de los aviones Fokker para aterrizar y despegar en Bagdad. La pregunta era obvia: ¿En qué consiste un «avión flexible»? Una periodista que realizaba su undécimo viaje a la zona lo explicó así: «El avión llega al aeropuerto de Bagdad volando a los usuales diez mil metros de altura, y baja rápidamente en tirabuzón». De esa manera, me dijo, no se les daba tiempo a aquellos que tenían misiles al hombro cerca del aeropuerto.

Volví al mismo aeropuerto una noche de octubre. Debía viajar a Erbil, la capital de la región del Kurdistan, en el norte del país. Esta vez lo hice a bordo de un viejo Boeing de Iraqi Airways. Estaba seguro de que no era un avión «flexible», y tenía curiosidad por saber cómo sería el despegue. A la hora programada, la nave se alejó del espigón y se dirigió hacia el extremo de la pista. Una vez allí, las turbinas empezaron a acelerar y, de pronto, todas las luces del avión se apagaron: las de afuera, las de adentro y también las de seguridad. Sin embargo, nadie lucía sorprendido, y la máquina despegó en lo que parecía una maniobra rutinaria. «En la noche, con las luces apagadas no nos pueden ver», me explicaron. Se referían, por supuesto, a aquellos que tienen misiles al hombro cerca del aeropuerto.

Un mes más tarde, de día, volaba hacía Amman en un vuelo comercial de Royal Jordanian cuando entendí con precisión de qué se trata la «flexibilidad» de los Fokker. Éste era un avión blanco que no llevaba símbolos de ninguna especie, tenía una tripulación sudafricana y había sido alquilado por la aerolínea. Como es usual, la nave se posicionó en la pista y despegó. De pronto por una ventana veía la pista de aterrizaje en picada, y por la ventana opuesta, el cielo asomaba transparente. Le pregunté a mi compañero de asiento que ocurría: «Sencillo –me respondió–. El avión rota noventa grados y se eleva en espiral» para evitar a aquellos que tienen misiles al hombro cerca del aeropuerto

 

***

 

El cielo de Bagdad no sólo se vive cuando se vuela, sino también desde tierra. Durante ocho meses de trabajo, he vivido en la Zona Roja de la ciudad. Aunque lo parezca, ese nombre no tiene el usual significado occidental, sino uno militar. En la Zona Roja, las armas deben estar cargadas. En la Zona Verde, descargadas. El diseño de los lugares en que he vivido siempre ha sido similar: dos calles que se cruzan y sus cuatro salidas amuralladas. Dentro de ese espacio, todos los edificios se convierten en dormitorios, oficinas y áreas comunes, como una pequeña fortaleza donde se duerme, trabaja, y come. Si tienes que salir –diría Dante refiriéndose al infierno–: «Abandona toda esperanza».

En circunstancias normales, no conviene mirar el cielo desde allí; los variados enemigos de los infieles en Irak tienen francotiradores apostados en los edificios cercanos, y éstos están atentos para captar la presencia de cualquier extranjero ingenuo. De noche, se puede contemplar el cielo con las ventanas abiertas, pero manteniendo las luces apagadas. De día, puedes hacerlo cerrando las ventanas y mirando a través de los vidrios-espejo, cuyo reflejo impide apuntar a los francotiradores. Otras veces los silbidos de los morteros de 122 milímetros suenan como trompetas apocalípticas, que anuncian el descenso del fuego desde los Cielos. En circunstancias excepcionales, uno debe usar durante todo el día un chaleco blindado y un casco de guerra. Juntos, ambos aditamentos pesan unos diez kilos.

La mejor ocasión para contemplar el cielo de Bagdad es cuando se viaja a la Zona Verde en una camioneta blindada y escoltada por otros dos vehículos similares, zigzagueando a alta velocidad para evitar un coche bomba o un peatón suicida. En ese momento, uno debe concentrarse en el cielo de la ciudad para olvidar el infierno inmediato. Ya dentro de la Zona Verde, se recomienda mantener el oído alerta. «Estate siempre atento a un silbido suave que sólo dura cuatro segundos –me aconsejó uno de los mil quinientos peruanos que vigilan allí–: Es el tiempo suficiente para lanzarte al suelo de espaldas al cielo, y esperar la explosión del mortero».

 

 

 Etiqueta Negra

 

Videos de Bagdad

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: